Sarah Mullally: Primera mujer en liderar una Iglesia en crisis global
sábado, 28 de marzo de 2026
Sarah Mullally: Primera mujer en liderar una Iglesia en crisis global

Deprimera Internacional | Eduardo Rivadeneyra Núñez

La llegada de Sarah Mullally al liderazgo de Canterbury no es solo un hito histórico; es, sobre todo, el síntoma de una institución obligada a cambiar bajo presión. En más de mil 400 años, la Iglesia de Inglaterra nunca había puesto a una mujer al frente de su máxima jerarquía. Que lo haga ahora dice tanto del momento que vive como de la figura que eligió.

Nacida en 1962 en Inglaterra, Mullally no encaja en el molde clásico del alto clero británico. Antes de los púlpitos, estuvo en hospitales. Fue enfermera, especialista en oncología y, más tarde, jefa nacional de enfermería. Su formación no es teológica en origen, sino profundamente práctica: gestión de crisis, contacto directo con el dolor humano, decisiones bajo presión. Ese perfil explica en parte su ascenso en una Iglesia que, más que doctrina, hoy necesita credibilidad.

Su ingreso al ministerio fue tardío. Se ordenó sacerdotisa en 2002, cuando el debate sobre el papel de la mujer aún dividía al anglicanismo. En 2015 fue consagrada obispa, apenas un año después de que se autorizara formalmente el acceso de mujeres a ese nivel. Su carrera, en ese sentido, ha ido en paralelo a la lenta apertura de la institución.

El punto de inflexión llegó tras la renuncia de Justin Welby, en medio de críticas por el manejo de casos de abuso. La designación de Mullally como su sucesora en 2026 no puede leerse únicamente como un avance en igualdad de género; responde también a una estrategia de contención de daños. La Iglesia necesitaba enviar una señal de renovación hacia dentro y hacia fuera.

Pero el nombramiento no resuelve las tensiones de fondo. La comunión anglicana —una red global con fuerte presencia en África y Asia— vive una fractura creciente. Temas como la ordenación de mujeres, el matrimonio igualitario o el papel de la Iglesia en sociedades cada vez más seculares han abierto grietas difíciles de cerrar. En ese escenario, Mullally asume más como administradora de crisis que como figura de consenso.

Su discurso inicial ha apostado por conceptos amplios —reconciliación, justicia, verdad—, pero el margen real de maniobra es limitado. Cada decisión corre el riesgo de profundizar divisiones internas o acelerar la pérdida de fieles en regiones clave.

El simbolismo de su nombramiento es innegable: rompe una tradición milenaria y coloca a una mujer en el centro de una estructura históricamente masculina. Sin embargo, el verdadero desafío es menos visible y mucho más complejo. No se trata solamente de quién lidera, sino de si la Iglesia Anglicana puede redefinir su papel en el siglo XXI sin fracturarse en el intento.

Según bases de datos cristianas, como la World Christian Database, existen estimaciones de alrededor de 958 mil anglicanos en toda América Latina, siendo Brasil, con 103 mil, el país con la mayor comunidad. Fuentes de la Iglesia anglicana en España cuantifican en unos 20 mil sus fieles en ese país. La Iglesia de Inglaterra se convirtió en el organismo religioso del Reino Unido tras la ruptura del rey Enrique VIII con el catolicismo en el siglo XVI. En México se habla de alrededor de 21 mil a 30 mil miembros, por lo que es prácticamente invisible en términos de influencia pública.

La historia de Mullally —de enfermera a líder espiritual de millones— encarna una narrativa de cambio. Pero también deja claro que ese cambio no ocurre por convicción plena, sino por necesidad. Y, en política como en religión, las transformaciones forzadas suelen ser las más inestables.


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