El pasado domingo 22 se dio el abatimiento del narcotraficante más peligroso de México y, según agencias de otros países, encabezadas por las norteamericanas, el capo con mayor poder en el mundo.
La muerte o ejecución de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, mejor conocido como El Mencho, a manos de las Fuerzas Armadas mexicanas, con inteligencia brindada por Estados Unidos, en la crónica oficial, ha sido, sin lugar a dudas, el fin de la locura gubernamental de “abrazos, no balazos” que implementó como política de Estado el gobierno del expresidente Andrés Manuel López Obrador ante el gravísimo problema del narcotráfico y la delincuencia organizada que sufre México.
Problema que, en palabras del presidente Donald Trump, implica que los cárteles gobiernan México, lo cual representa una preocupación para la seguridad nacional de Estados Unidos. El mismo Trump se anotó la muerte del Mencho en el informe del Estado de la Unión.
El operativo que se llevó a cabo en una zona residencial boscosa del municipio de Tapalpa, Jalisco, ha dejado muchas más dudas que certezas en la crónica oficial que narró el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa.
En algunos sitios de redes sociales se filtró, desde el sábado 21 por la tarde, que el jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación había sido ubicado por las Fuerzas Armadas y que lo tenían rodeado. El abatimiento se dio a conocer el domingo, arrojando 70 bajas entre fuerzas armadas y narcotraficantes; entre ellos, el Mencho, quien fue herido primero y, al ser trasladado en helicóptero a un hospital, murió a causa de las heridas. Ese fue su final, según el parte oficial del Estado.
La historia ha demostrado que cuando se descabeza una organización criminal como lo es el CJNG, la violencia se recrudece y, en el camino, salen a relucir los vínculos entre la organización del capo caído y políticos, gobernantes y empresarios de primer nivel. No se entendería de otra manera el crecimiento exponencial de la organización, que se estima emplea a más de 170 mil personas con presencia en todo el país y dominio en 22 estados.
La riqueza económica del cártel circula en la economía de municipios y estados de México, así como en otros países; se habla de presencia en, al menos, 36 naciones. El sector empresarial, principalmente el bancario, se robustece de esa actividad. Los presidentes municipales, como lo vimos con el edil de Tequila, Jalisco, Diego Rivera, operan para el cártel. Pero ¿cuántos “Diegos Rivera” hay en el país? Gobernadores como el de Sinaloa, Rubén Rocha Moya; el de Tamaulipas, Américo Villarreal; el de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla, y la lista sigue, obedecen a un financiamiento del narco. Y la Presidencia de la República, que durante el gobierno de AMLO simplemente fue una oficina del bienestar para que los delincuentes realizaran pactos, principalmente de operación electoral, a cambio de la protección del Estado.
La muerte del Mencho y el vacío de poder que deja ya lo hemos vivido en diferentes ocasiones en Sinaloa: desde Miguel Ángel Félix Gallardo, pasando por los Beltrán Leyva y llegando al horror de violencia que se vive actualmente en el estado, desde el secuestro y traslado de Ismael El Mayo Zambada y la guerra civil que desató.
Al igual que en los capítulos de Félix Gallardo, Beltrán Leyva y Mayo Zambada, salieron a relucir las narconóminas con todo tipo de autoridades pagadas y al servicio de los narcos, principalmente policías y militares; las relaciones directas entre cárteles y gobiernos; industrias económicas boletinadas por el Departamento del Tesoro estadounidense operando abiertamente con dinero negro, pero que en México gozan de total impunidad.
El CJNG fue fundado por el capo sinaloense Ignacio Nacho Coronel Villarreal en 2009. Así como para entender lo que pasa actualmente en Sinaloa y México se tiene que voltear a ver lo sucedido en Medellín, Colombia, a principios de los años noventa, en la última etapa de Pablo Escobar, y cómo operaron los estadounidenses en ese desenlace; de lo que está pasando actualmente en el país, en el capítulo Mencho, se tiene que voltear a Sinaloa para entender qué es lo que viene tras la muerte de Nemesio Oseguera. El Estado mexicano no pudo contener la violencia en Sinaloa; ahora todo indica que el escenario sinaloense se traslade a todo el territorio nacional o a gran parte de él.
México, al descabezar una organización y no desmantelarla, principalmente en el aspecto financiero y en sus vínculos con gobernantes y políticos, sólo propicia que se recrudezca la violencia por los conflictos entre los nuevos liderazgos; ese ha sido el común denominador históricamente. Los gobiernos, de todos los niveles, siempre se han visto beneficiados y en las pugnas se convierten en juez y parte, lo que limita enormemente su obligación de crear una verdadera estrategia de inteligencia, congelación de activos y capturas de liderazgos que terminen en el desmantelamiento real y efectivo de las organizaciones.
Mientras esto no pase —cosa que no va a pasar— México se encuentra condenado a culiacanizarse, esto ante la vista impaciente de Trump.