TRIÁNGULO DORADO: Gente de Culiacán
Publicado el: 07/08/2020 06:38:10 p.m. en
TRIÁNGULO DORADO: Gente de Culiacán


Por Daser.



"La gente de Culiacán es de dar miedo”, escuchó el Pancho en la mesa de al lado.

 

Se trataba de un grupo de dos parejas maduras: viejos empresarios de Mazatlán y sus esposas.

 

El Pancho había ido de vacaciones al puerto con su morra: una bailarina que había sacado de trabajar de un table dance de Culiacán.

 

No se la estaban pasando bien. La morra, originaria de Sonora, no conocía Mazatlán y no le gustó nada.

 

Que si el calor, que si el hotel estaba viejo, que si los antros eran aburridos, que si no preparaban los mariscos como en San Carlos.

 

El Pancho aguantaba nomás porque en las noches era otra, hasta parecía que lo quería.


Pero el resto del día tenía que aguantar su mal humor, su enfado apenas disimulado por los lentes oscuros, su desprecio por todo lo que veía.

 

Y el Pancho que pensó que se la iban a pasar a toda madre ahora que el puerto estaba tranquilo y había luz verde para que vacacionaran los de su grupo sin miedo a los contras.

 

De más joven había viajado mucho a Mazatlán con sus compas y conocía todos sus rincones: sus restaurantes más sabrosos, las cantinas más ambientadas, los tables…

 

Cada vez que pasaban por La Botana le daban ganas de terminar la relación con la sonorense y meterse un rato a divertirse como antes. 

 

Pero cuando estaban solos en la habitación del hotel, la mujer buscaba refugio en su cuerpo y entonces todo el coraje que Pancho había acumulado se esfumaba y volvía a descubrir ese cuerpo que se entregaba sin contemplaciones.

 

Pero de día andaba siempre enojada.

 

Y el Pancho estaba apunto de mandarla a la chingada cuando escuchó, en la mesa vecina de aquel restaurante de mariscos en Sábalo Country, que los culichis eran gente de dar miedo.

 

Eso no le pareció tan malo como lo que siguió después:

 

“Es gente muy atrabancada, por todo quieren sacar la pistola, mejor que ni vengan para Mazatlán”.

 

La sonorense esbozó una sonrisa aprobando el comentario del hombre de la otra mesa.

 

"¿De qué chingados te ríes?", le preguntó el Pancho con coraje.

 

Se levantó de la mesa en dirección a sus vecinos. La sonorense intentó evitar un altercado tomándolo del brazo, pero él se sacudió con fuerza la mano enjoyada.

 

“Ustedes cuatro se me van mucho a chingar a su madre cada uno. Y den gracias a Dios que ando de vacaciones porque si estuviera chambeando ya se los hubiera cargado la verga aquí mismo”, les soltó antes de escupir sobre la mesa.

 

El grupo se quedó atónito, en silencio, mirándose a las caras sin animarse a volver la vista hacia el vecino. Sólo alcanzaron a levantar la mano hacia un mesero pidiendo la cuenta y se fueron sin esperar el cambio.

 

La sonorense se encabronó en silencio mientras el Pancho no veía la hora de regresarse a Culiacán.

 

 

 

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