Los cárteles no existen
Publicado el: 06/07/2018 03:27:47 p.m. en
Los cárteles no existen
 

 

“Es equivocada la idea que nos hemos hecho de los cárteles como organizaciones poderosas que tienen un control territorial y que pueden llegar a desafiar el poder del Estado. En realidad lo que tenemos son grupos de traficantes que pueden, desde luego, suponer un problema para el gobierno, problemas de gobernabilidad a una escala de crimen común, pero nunca una amenaza para la seguridad nacional.”

 

 

 

Por Sergio Ramos.

 

 

 

Gran parte de lo que sabemos del mundo del narco es por el discurso oficial que ha engrandecido a los traficantes hasta volverlos seres legendarios, dice el periodista Oswaldo Zavala en su libro Los cárteles no existen (Malpaso ediciones 2018), una investigación sobre cómo el Estado mexicano ha buscado separarse del narco inventando cárteles y capos que presuntamente luchan contra el gobierno cuando la realidad es que ambos, gobierno y narco, son inseparables.

 

 

El libro ha generado polémica debido a que Zavala arrasa con todo lo que pretendemos saber sobre las organizaciones criminales y contra los periodistas que durante años se han dedicado a investigar el fenómeno desde la óptica oficial, es decir, desde los boletines de prensa que ubican a tal o cual capo como el más peligroso o el más rico.

 

 

Estas organizaciones, dice Zavala, no tienen el poder ni el dinero que se les atribuye desde el discurso oficial. Y se pregunta: ¿Dónde están los miles de millones que decían que tenía el Chapo Guzmán? ¿Dónde sus cientos de guardaespaldas con los que presuntamente andaba para todos lados? El engrandecimiento mediático de personajes como El Chapo, Caro Quintero o el Mayo Zambada, continúa Zavala, ha funcionado para que el Estado se deslinde de su papel en el negocio de las drogas, cuando la realidad es que estos traficantes existen gracias al Estado mismo que ahora finge combatirlos.

 

 

 

De Primera Noticias. Has generado mucho revuelo con el libro y con el título en sí. Existe mucha resistencia a reprogramar el chip de todo lo que hemos aprendido, de  todo lo que hemos leído, de todo lo que nos han contado sobre el narco. Háblanos a grandes rasgos sobre la tesis de tu libro que asegura que los cárteles solo existen en el lenguaje oficial.

 

 

Oswaldo Zavala: El eje central del libro propone una reflexión sobre el discurso que todos usamos para referirnos al narco de manera cotidiana. Lo que propone es una historización política de ese discurso, tratar de comprender de dónde proviene y la primera afirmación que hago es que gran parte de lo que decimos sobre el narco viene de instituciones oficiales, proviene de un discurso articulado por dependencias de gobierno, de dentro y fuera de México, con fines muy claros como justificar la expansión de un aparato de seguridad que ha venido creciendo desproporcionadamente en los últimos 20 años y que tiene tintes de intervención política en varias zonas del país con razones muy oscuras y siniestras. Parte de lo que justifica el discurso oficial es el despliegue de este militarismo, de esta intervención del ejército y las policías federales en distintas zonas del país para, entre otras cosas, apropiarse de territorios ricos en recursos naturales que están listos para la explotación y que siguen generando enormes riquezas para unos cuantos conglomerados trasnacionales. La idea del narcotráfico proviene de instituciones oficiales que justifica la creación de este aparato militar y su expansión para usos políticos y económicos muy específicos. Yo sé que cuando digo que los cárteles no existen pareciera entrar en una provocación pero es equivocada la idea que nos hemos hecho de los cárteles como organizaciones poderosas que tienen un control territorial y que pueden llegar a desafiar el poder del Estado. En realidad lo que tenemos son grupos de traficantes que pueden, desde luego, suponer un problema para el gobierno, problemas de gobernabilidad a una escala de crimen común, pero nunca suponer una amenaza para la seguridad nacional. A lo que me refiero con la idea de que los cárteles no existen no es de ningún modo negar la existencia de los traficantes ni mucho menos negar la violencia, sino más bien comprender primero la dimensión de estos grupos de traficantes, dimensionar de manera precisa el poder que supuestamente tienen, y por otro lado, pensar que la violencia que todos estamos experimentando está mal comprendida, está mal atribuida y que la causalidad de esta violencia debe más bien enfocarse en el poder mismo del Estado. Pensar que mucha de la violencia que estamos experimentando es consecuencia de una deliberada estrategia estatal que está expandiendo su brazo de seguridad a través del ejército y la policía federal con estos fines políticos que mencionaba hace un momento.

 

 

Mencionas que parte de este discurso oficial es mitificar a los narcos a través de la oferta cultural y de entretenimiento para responsabilizarlos por toda la violencia que existe.

 

 

Me interesa mostrar cómo se dio ese proceso de mitificación y por qué razones. Si tu revisas las producciones culturales y periodistas sobre el narco anteriores a la década de los 90, lo que tienes es una figura de un traficante precario, vulnerable, que generalmente termina asesinado ya sea por sus pares o por fuerzas del orden. Esa figura del traficante vulnerable que aparecía en los corridos setenteros o en las películas ochenteras de los hermanos Almada se transformó radicalmente a finales de los 90 a la par de la introducción del discurso de seguridad en México. Antes de los 90, el traficante era el de “Contrabando y traición”, el de “La banda del carro rojo”, traficantes bastante pequeños que llevaban unas cargas de marihuana bastante humildes si las comparas con la fantasía de toneladas y toneladas de cocaína presuntamente controladas por un solo hombre. A partir de los 90 lo que ocurre es la transformación de México hacia el neoliberalismo que en materia de seguridad significó la adopción del discurso sobre el narcotráfico que se fue fraguando en Estado Unidos. Con ello el Estado Mexicano empezó a circular la idea, cada vez más grande, del traficante como una amenaza a la seguridad nacional, y esto fue en directa respuesta con la estrategia política de EUA. El presidente Ronald Reagan firmó un documento para designar al tráfico de drogas como una amenaza a la seguridad nacional. Hasta ese momento el trafico de drogas se veía en el mundo como un problema asistencial y un problema policial, algo que atañe a policías municipales y estatales. Algo que generaba un consumo que no era bien visto y que había que combatir, pero nunca como una amenaza a la seguridad nacional. Se veía el uso de la droga como se ve al alcoholismo y la muerte que se desata todos los años por conductores ebrios, algo que preocupa a la sociedad pero no algo que debería amenazar nuestra integridad como país. Como EUA cambia ese registro, cambia su política de seguridad y hace un giro completo que desplaza al comunismo como el principal enemigo estadounidense hacia las drogas, México sigue dócilmente esa nueva forma de pensar. A partir de los 90, lo que empiezas a ver es que en EUA y México se empieza a hablar con mayor frecuencia de los traficantes como de un problema real, algo que tenía que empezar a preocuparnos como sociedad en general y a combatirse. Y es con esto que empieza a cambiarse el imaginario del narco. A la explosión del traficante de drogas como una amenaza que empieza a irrumpir las calles de México. Empieza a aparecer el trafico de drogas como esta amenaza y con ello el imaginario social cambia porque se piensa que eso de verdad está ocurriendo a ese grado. Cuando llegas ya a la década del 2000 y empieza a proliferar esta mitificación ya no solo en el cine y en la música sino en la televisión y en la literatura, la figura del narcotraficante se transforma radicalmente y se ve como algo ya monstruoso, algo desproporcionado. Yo sé que en zonas como Badiraguato imaginan al Chapo como una especie de Robin Hood protector, algo parecido al fenómeno de Pablo Escobar en Medellín. Y en cierta forma hay razones para eso que no depende solo del discurso oficial. Supongo que si construyes una escuela, un hospital, pues algo hay de eso, de esa relación comunitaria que se tiene con el traficante, pero lo que sí asombra es el poder que se le atribuye al Chapo, pero la magnitud de sus actos de ningún modo es verificable por ningún periodista sino más bien es producto del discurso oficial. Es decir, la cantidad de dinero que supuestamente poseía, el tamaño de su imperio, solo lo sabemos porque eso es lo que nos dicen fuentes oficiales. Si tu analizas los trabajos de Diego Osorno, de Anabel Hernández, de Alejandro Almazán, la información dura sobre qué justifica el tamaño de una organización como la de Sinaloa solo proviene de fuentes oficiales. Cuando pones a estos capos ante sí mismos, cuando hemos tenido estas raras ocasiones en que hablan de verdad los traficantes en estas pocas entrevistas que conocemos, por ejemplo la del Mayo Zambada con Julio Scherer, o Caro Quintero con Anabel Hernández, o El Chapo con Sean Penn, lo que generalmente aparece si las ves con cuidado es otra vez esta precariedad, la imposibilidad de grandilocuencia de estos traficantes. El mayo, el Chapo, Caro Quintero generalmente hablan del poder del Estado como algo infranqueable. En algún punto se les pregunta qué pasa si te detienen, y responden pues nada porque yo soy uno entre otros. Nunca admiten ser jefes de un imperio que monopoliza el cruce de la droga y no creo que no lo admitan para no incriminarse sino porque no concuerda ese mito con lo que luego se sabe de ellos una vez detenidos. Ahora que el Chapo fue extraditado no hay enormes cuentas de dinero a su nombre, no tiene ninguna influencia política. Si la tuviera no lo hubieran extraditado. Entonces este mito de yo soy el jefe de jefes y controlo a la prensa, a los gobiernos, se cae totalmente y no hay un poderío económico que lo respalde. Este imperio de dinero que se imagina sobre el narcotraficante y sobre el cruce de drogas pues es mucho más producto de una discursividad oficial que de algo real, y tiene fecha de introducción en nuestro imaginario popular a finales de los años noventa. Cuando ya llegamos a la actualidad nos asombra el poder del narco porque llevamos dos décadas hablando de él de ese modo.

 

 

 

Cómo explicas entonces los enfrentamientos, las balaceras, las ejecuciones, los levantones.

 

 

Yo responde de dos formas. Primero tenemos que recordar que esta explosión de violencia radical que estamos experimentando aparece con fecha de inicio con la militarización ordenada por el presidente Felipe Calderón. Antes de 2008 que empiezan los operativos conjuntos no hay un índice alarmante de violencia en México. En ninguna parte del país, ni siquiera en Ciudad Juárez. Antes de 2008 lo que tienes es una década de un índice nacional de homicidios bastante estabilizado y que de hecho va descendiendo desde 1997. Lo que es importante comprender es que esa violencia no está ahí, no hay guerra de cárteles, no está pasando nada particularmente alarmante más allá de la violencia normal de cualquier ciudad hasta antes de que Calderón llegue a la presidencia. Ahora, la violencia que todos vivimos actualmente aparece con la llegada de fuerzas federales a distintas zonas del país. el repunte de los asesinatos, de las balaceras, de los descabezados, solo empieza a poblar la realidad de México a partir de 2008 y coincide con la llegada de las fuerzas Federales. Lo que no te explicas es cómo se ordena una militarización para atender un problema que no está ahí y que solo empieza con la llegada de las fuerzas federales. El segundo punto es que mucha de la violencia que estamos viviendo en el país estamos atribuyéndosela a cárteles no tanto como resultado de un reporteo sino que es lo que se nos dice desde el discurso oficial.

 

 

 

 

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