El hombre que se enfrentó solo a Los Zetas
Publicado el: 12/19/2017 3:56:19 PM en
El hombre que se enfrentó solo a Los Zetas
 

 

Se cumplen siete años de la muerte de don Alejo Garza Tamez,  un ranchero de 77 años que murió a manos del crimen organizado cuando intentaba defender su propiedad. Su resistencia se volvió símbolo de una ciudadanía indefensa que debe valerse por sí misma ante la impunidad con la que se maneja la delincuencia y la complicidad de las autoridades que le ha dado luz verde para cometer todo tipo de delitos.  

 

 

Por David Fuentes M.

 

 

Eran las 21.30 horas del 13 de noviembre de 2010 cuando empezaron a llegar las primeras camionetas con sujetos armados. En el interior de su casa, don Alejo Garza Tamez ya los estaba esperando con una escopeta en las manos. Las camionetas se estacionaron frente a la casa, se bajaron varios sicarios con armas AK 47 y le ordenaron a gritos que abandonara la propiedad que a partir de ese momento quedaba en manos del grupo criminal.

 

La mañana de ese 13 de noviembre había recibido una última advertencia: le daban menos de 24 horas para abandonar el rancho o se lo iba a “cargar la chingada”. Don Alejo sabía que no estaban jugando. Todo Tamaulipas era de ellos. Y además contaban con la complicidad de las autoridades. Sin embargo, entregar el rancho que con tanto esfuerzo había logrado levantar en más de tres décadas de trabajo no estaba en sus planes. Decidió, en cambio, defenderlo con todo su arsenal aunque en ello se le fuera la vida.

 

No se sabe de dónde salieron las primeras balas. El caso es que los sicarios no se esperaban que el viejo de 77 años se defendiera. Tras una larga balacera, el resultado fue de cuatro sicarios muertos y dos heridos. Estos alcanzaron a pedir refuerzos por radio. Creían, ante los disparos procedentes desde varias ventanas, que el viejo no estaba solo, que un comando fuertemente armado lo acompañaba. Don Alejo había ganado así la primera batalla de esa larga noche. Pero no le fue suficiente.

 


Días antes le había comentado a una de sus hijas que un grupo criminal le había ordenado abandonar el rancho de su propiedad, ubicado en una zona estratégica a 15 kilómetros al este de Ciudad Victoria, Tamaulipas, por lo que ya habían conseguido expulsar bajo amenazas a otros rancheros de la región. Su hija le insistió para que acudiera a las autoridades a poner una denuncia pero don Alejo no tenía ninguna confianza en la policía. Decidió, mejor, defenderse solo, con sus armas de cacería.

 

La historia se empezó a divulgar a los pocos días de su muerte y se volvió símbolo de resistencia civil frente al crimen organizado. En todos los medios se contó la noticia y poco a poco su nombre se volvió sinónimo de heroicidad. No faltaron los corridos que contaron su historia y contribuyeron a engrandecer su leyenda.

 

 

Solo muerto lo sacaban de su rancho

 

Don Alejo nació en 1933, en el pueblo de Allende, al sur de Monterrey. En esta comunidad ubicada al pie de la Sierra Madre Oriental la gente se dedica a la madera. El padre de don Alejo les enseñó a sus siete hermanos todo lo relacionado con este oficio. Desde joven acompañaba a su padre a El Salto, Durango, y a Parral, Chihuahua, a comprar madera que más tarde vendían en Monterrey.

 

Cuando el padre murió, Alejo y su hermano Rodolfo abrieron en la capital de Nuevo León una maderera y al poco tiempo inauguraron dos sucursales en Allende y Montemorelos.

 

Desde joven fue aficionado a la pesca y a la caza. Por esa razón contaba con numerosas armas, principalmente de cacería. De hecho, don Alejo fue socio fundador del Club de Caza y Pesca Dr. Manuel María Silva en Nuevo León. Estas las almacenaba en un baúl que viajó con él cuando decidió mudarse de Monterrey, donde pasó gran parte de su vida, donde se casó y nacieron sus hijos, a un pequeño rancho en una zona aislada ubicada a las orillas de la presa Vicente Guerrero, mejor conocida como presa Padillas, en Tamaulipas.

 


Este rancho fue adquirido por don Alejo y su hermano Rodolfo. Se lo dividieron en partes iguales. El lado que daba hacia el río Corona que alimenta a la presa se lo quedó su hermano, mientras que la parte que miraba directamente a la presa fue para Alejo. En este terreno, construyó una pequeña vivienda de cuatro cuartos, sin ningún lujo, rodeada de una bodega y corrales. Aquí se dedicó a la avicultura durante décadas.

 

La caza era una de sus grandes pasiones. En el documental “El valiente ve la muerte solo una vez”, dirigido por el periodista Diego Enrique Osorno, se recopilan imágenes de don Alejo cazando patos en la región lagunera de Tamaulipas, en los años ochenta. Debido a esta actividad pudo reunir un arsenal de escopetas y armas cortas con las que antes de morir defendería su rancho de los criminales.

 

De acuerdo con un testimonio de su hija Sandra Garza para la televisión de Monterrey, a su padre lo habían amenazado desde meses antes de su muerte. La célula criminal quería su rancho a como diera lugar. El sitio se ubica en medio de la nada, en un terreno agreste, rodeado de huizaches y mezquites y donde el sol cae a plomo. Sin embargo, su lejanía lo volvía un sitio ideal para fundar campamentos de entrenamiento o como casa de seguridad para encerrar a víctimas de secuestro.

Basta recordar que los 72 migrantes centro y sudamericanos asesinados en agosto de 2010 fueron abandonados en un ejido llamado El Huizachal, a las afueras del municipio de San Fernando, una zona enmontada y alejada de cualquier pueblo a la que pudieron llegar las Fuerzas Federales gracias a que uno de los migrantes pudo escapar y pedir ayuda.

 

El 13 de noviembre finalmente le dieron un ultimátum: tenía menos de 24 horas para salirse del rancho o de lo contrario lo iban a matar. Don Alejo no se inmutó. Sus empleados, gente que tenía toda la vida trabajando con él en la cría de aves, le rogaron que se marchara con ellos. Pero en cambio don Alejo les pidió que se fueran y que no regresaran al día siguiente a trabajar. Sabiendo que los criminales iban a regresar para “expropiar” el rancho, agarraron sus cosas y se fueron.

 

Una vez solo, don Alejo abrió el baúl donde guardaba las armas y las fue colocando una por una sobre la cama. Sacó también las cajas con cartuchos útiles y cargó las pistolas. La casa tenía dos ventanas al frente y otras dos a los lados. En cada ventana colocó un par escopetas y armas cortas, además de cartuchos suficientes como para disparar toda la noche.

 


Entonces se sentó frente a una ventana a esperar. Poco después de las 21 horas, en medio de la oscuridad de la noche, vio los faros de varias camionetas acercarse por el camino que conducía a la presa. Estas entraron al rancho y se estacionaron frente a la casa. Sujetos armados con cuerno de chivo bajaron y le empezaron a gritar.

 

No se sabe quién abrió fuego primero. Pero el intercambio de balas duró varias horas. Desde el exterior, los sicarios vieron las detonaciones procedentes de varias ventanas. Pensaron que había un comando armado atacándolos desde el interior. En ese primer enfrentamiento murieron cuatro sicarios y otros dos quedaron heridos. Pidieron refuerzos por radio. A las pocas horas llegaron más camionetas con sujetos armados. De acuerdo con la versión de las autoridades, estos venían equipados con granadas. Arrojaron varias al interior de la casa. Una de ellas explotó cerca de don Alejo y eso lo mató. Seguramente, una vez que cesaron los disparos, los sicarios entraron a la vivienda esperando encontrar a un grupo de pistoleros muertos. Solo encontraron el cuerpo sin vida de un anciano.

 

La Marina Armada y el Ejército llegaron hasta el día siguiente. Encontraron las huellas de una terrible batalla que, de acuerdo con investigaciones periciales, duró hasta las 5.30 de la madrugada. Las paredes de la casa estaban totalmente cocidas a balazos, llenas de agujeros, y la puerta hecha trizas por una granada. Eso les hizo creer que en el lugar se había suscitado un enfrentamiento entre células de diferentes organizaciones criminales. Sin embargo, al entrar encontraron el cuerpo de don Alejo y detrás de cada ventana, tiradas en el suelo, armas y escopetas dispuestas para librar una lucha a muerte.

 

 

 

 

 

 

 

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