Caso Claudia Mijangos: La mazatleca que mató a sus hijos
Publicado el: 03/06/2019 12:26:04 p.m. en
Caso Claudia Mijangos: La mazatleca que mató a sus hijos
 

El pasado 14 de abril, Claudia Mijangos abandonó el Centro Femenil de Reinserción Social de Tepepan luego de cumplir una condena de 30 años de cárcel por el homicidio de sus tres hijos. Conocida como “La Hiena de Querétaro”, esta mujer mazatleca acuchilló a sus hijos de 6, 9 y 11 años de edad la madrugada del 24 de abril de 1989. Desde entonces, alrededor de ella se han construido muchas historias, algunas falsas y otras que no han podido se comprobadas, que contribuyeron a desarrollar una leyenda que empieza en Mazatlán.

 

 

 

Por Redacción De Primera Noticias

 

 

 

La casa está abandonada desde 1989. Durante todos estos años ha sido saqueada, la han convertido en lugar de borracheras y hasta se han llegado a realizar cultos satánicos. Cansados del vandalismo, los vecinos decidieron por su cuenta mandar construir una barda de tres metros y colocar un alambre de púas en la parte superior tanto de la parte frontal como de las bardas laterales para impedir el acceso.

 

 

La madrugada del 25 de abril de 1989, tres niños fueron asesinados en esta casa ubicada en el 408 de la calle Hacienda Vegil, colonia Jardines de la Hacienda, en la ciudad de Querétaro. La autora de la masacre fue la propia madre de los menores, Claudia María Mijangos Arzac, originaria de Mazatlán, quien fue llamada por la prensa de esos años como “La Hiena de Querétaro”.

 

 

Durante los exámenes médicos que le practicaron días posteriores al crimen, fue diagnosticada con lesiones cerebrales y esquizofrenia. Tras un juicio que fue ampliamente divulgado por la prensa, recibió una condena de 30 años de cárcel, 28 de los cuales los pasó en el área psiquiátrica del Centro Femenil de Reinserción Social de Tepepan, en la Ciudad de México, de donde fue liberada el pasado 14 de abril.

 

 

Sin embargo, autoridades recomendaron que Claudia, quien ahora tiene 63 años, permanezca en un centro siquiátrico lo que le reste de vida y que no abandone su tratamiento médico, por lo que los familiares que aceptaron hacerse responsable de ella solo pasaron a recogerla a Tepepan para luego trasladarla a una clínica privada donde fue internada.

 



El fantasma de la religión


 

Claudia nació el 25 de mayo de 1956 en Mazatlán, Sinaloa, en el seno de una familia de clase alta. Es la menor de siete hijos (cuatro hombres y tres mujeres) de una matrimonio conformado por María del Carmen Arzac y Antonio Mijangos Ruiz. Se dice que la madre era una mujer violenta y extremadamente religiosa. El padre, en cambio, era más cordial y sensible, un contrapeso a la severidad materna.

 

 

De acuerdo con El Diario de Querétaro, en el historial clínico de la familia de Claudia sobresalen los casos de su hermano Antonio, quien fue internado varias veces en un hospital psiquiátrico con problemas de alcoholismo, drogadicción y personalidad psicopática. Su otro hermano, Alberto, tenía una enfermedad mental que lo mantuvo bajo tratamiento y el menor de sus hermanos padecía síndrome de Down.

 

 

Antes de conocer a quien sería su marido, Claudia tuvo dos noviazgos y estudio la carrera de Comercio. Se dice que fue reina del carnaval de Mazatlán, pero su nombre no aparece en la lista de las ganadoras de ese certamen, por lo que se piensa que pudo haber sido reina en algún concurso escolar.

 

 

A los 19 años conoció a Alfredo Castaños Gutiérrez, con quien se casó dos años después y se mudó a la ciudad de Querétaro, entonces una pequeña urbe católica donde las normas religiosas tenían mucho peso en la vida cotidiana de las personas.

 

 

En 1983 muere su padre de un infarto cerebral y ella hereda parte de una fortuna familiar con la que decide abrir una tienda de ropa para mujeres en el Pasaje de la Llata, en el centro de Querétaro.

 

 

En tanto, se ha convertido en madre de dos niñas y un niño: Claudia María, Ana Belén y Alfredo Antonio, a quienes inscribe en el colegio de frailes agustinos Fray Luis de León, donde forma un grupo junto con otras madres de familia para impartir catequismo. Ella da clases a los niños de Ética y Religión. Su relación con los sacerdotes es cotidiana: les pide consejos, les ayuda en el colegio, les habla de sus problemas maritales y les confiesa algunas cosas que los inquieta: admite que ve cosas, ángeles, demonios, que escucha algunas voces que no la dejan dormir.

 

 

Fracaso del matrimonio

 

 

El matrimonio siempre estuvo en problemas. Celos, agresiones verbales, discusiones, golpes y heridas con objetos punzocortantes. En 1982, después de una fuerte discusión, Claudia hiere a su marido con unas tijeras. En otra ocasión lo persigue con un machete en la mano por toda la casa. Acudieron a terapia de pareja y el especialista, luego de ser testigo de cómo se denigraban e insultaban sin remedio, les recomendó divorciarse.

 

 

El 11 de septiembre de 1987, una década después de haberse casado en Mazatlán, firman el divorcio. Ella obtiene la custodia de los menores. Pero no son capaces de dar por concluida la relación y vuelven a vivir juntos, solo para volver a las peleas y a las escenas de celos y a separarse meses después.

 

 

Durante ese tiempo, Claudia se enamora de un joven sacerdote, el padre Ramón, quien imparte clases en el colegio de sus hijos, y quien tras la masacre del 24 de abril fue trasladado a otra ciudad por la Arquidiócesis de Querétaro luego de que rindiera su declaración ante las autoridades.  

 

 

“Ella tenía muchos problemas con su esposo. Era muy allegada a la iglesia y tenía una relación con un padre llamado Ramón, que se especulaba mucho que ese fue el problema que llevó a que ella se divorciara de su esposo”, señala el periodista Héctor Ayala, entrevistado por Discovery Channel, en un documental sobre el caso.

 

 

Fue durante este tiempo que Claudia empezó a escuchar voces. No se lo quiso comentar a su ex esposo por temor a que le respondiera con un “estás loca”. El director del colegio, Rigoberto Castellanos Franco, señaló en el mismo documental que Claudia decía cosas incoherentes y se descomponía psicológicamente al hacerle confesiones: “Me llamaba y me decía es que no puedo dormir. Ella veía cosas. Demonios, ángeles. Me decía que veía que el padre Ramón llegaba desnudo a su casa”.

 

 

En 1988 presentaría una crisis más intensa en la que comenzó a hablar de brujería. Confesó a sus amistades que los vecinos le echaban pájaros muertos en su patio para hacerle daño. En otra ocasión dejó ir a dormir a su hija mayor, Claudia María, a casa de una amiga del colegio, pero en la madrugada acudió por ella y acusó a los padres de su amiga de que le querían robar a su hija.

 

 

La noche del crimen

 

 

La noche del 23 de abril de 1989, Alfredo Castaños se llevó a sus hijos a una kermés del colegio. Horas después, al regresarlos al domicilio de Claudia, discutió con ella, volvieron los reclamos por la presunta infidelidad con el padre Ramón y finalmente salió del domicilio dando un portazo y diciendo “te vas a arrepentir”.


 

Durante la madrugada, después de haberse pasado la noche despierta, Claudia le llamó por teléfono a su amiga Verónica Vázquez para decirle que escuchaba voces que le decían que “Mazatlán había desaparecido” y que “todo Querétaro era un espíritu”. Su amiga le recomendó que se tranquilizara, que intentara dormir y que al rato la buscaba en su casa para hablar con más calma.

 

 

Durante un rato, Claudia continuó escuchando “las voces” hasta que se levantó de la cama, fue a la cocina y tomó un cuchillo. Se dirigió al cuarto de su hijo más pequeño y le produjo varias heridas, además de amputarle la mano izquierda, para luego dirigirse al cuarto de las dos niñas. Debido a los gritos de Alfredo Antonio, estas se habían despertado y la mayor había salido al pasillo, donde Claudia la encontró. La niña corrió espantada hacia la planta baja al ver a su madre con el cuchillo ensangrentado. Claudia la alcanzó en las escaleras y la hirió en la espalda y el pecho. Luego subió a la habitación de las niñas, donde encontró a su otra hija, a la que también asesinó.

 

 

Los vecinos de la casa de al lado escucharon ruidos de muebles moviéndose y algunos gritos. De acuerdo con el testimonio de una vecina a las autoridades, pensó que Claudia le estaba pegando a sus hijos, pero decidió no intervenir. Por la mañana, la amiga llegó a la casa de Claudia y encontró la puerta entreabierta. Ingresó y lo primero que vio fue el charco de sangre en el piso que conducía a las escaleras. Decidió no subir y llamar a la policía.

 

 

Cuando llegaron los agentes, subieron a la segunda planta y descubrieron rastros de sangre en las escaleras y pasillos. Pero la imagen más macabra fue en la recámara de Claudia: Los cuerpos de los niños ensangrentados, acomodados en la cama, uno encima del otro, cubiertos con una colcha. Junto a ellos estaba Claudia, con heridas en las muñecas, desangrándose.

 

 

La trasladaron a una clínica del Seguro Social donde se recuperó de las heridas y se le tomó la primera declaración el 27 de abril. En sus palabras había una dualidad: por un lado, hablaba de sus hijos como si estuvieran vivos e incluso pedía que la dejaran ir porque tenía que pasar por ellos a la escuela, pero luego reconocía lo que había hecho aunque con un discurso envuelto en delirios.

 

 

“El padre Ramón me hablaba telepáticamente. Él influyó para que me divorciara, pero como mi madre era un freno moral para que me uniera a él, el padre Ramón con maleficios mató a mi madre, como me sigue trabajando mentalmente para poseerme. Fue tanta la presión que me descontrolé”, declaró.

 

 

Tras ser declarada culpable de los homicidios, Claudia fue enviada durante dos años a un penal femenil en Querétaro, pero tras ser diagnosticada con esquizofrenia, fue trasladada al pabellón psiquiátrico de Tepepan, donde permaneció 28 años recluida hasta que el pasado 14 de abril fue liberada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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